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Ver
morir a un hijo es terrible. Pero ver morir al más
bueno y amable de todos los hijos, y de una muerte
tan cruel, tan injusta, tan inhumana como la que le
dieron a Jesús, es el más grande tormento que un
corazón de mujer haya soportado sobre la tierra. La
sepultura de Jesús fue una de las más pobres que se
han presenciado en la humanidad. Solamente siete
personas. Tres hombres y cuatro mujeres.
La Virgen no tuvo con qué comprarle una sepultura,
ni siquiera una mortaja. Tuvieron que prestarle de
limosna un sepulcro, y regalarle unas sábanas para
envolverlo. Allí estaban representados todos los
hombres: Un comerciante: José de Arimatea. Un
político: Nicodemo. Un obrero campesino: San Juan
Apóstol. Y además de nuestra Señora las tres Marías:
María Magdalena, María Salomé y María de Cleofás. Y
nadie más. |