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San
Valerio |
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Como
sentía un atractivo irresistible hacia la vida de
soledad y silencio, se retiró a una ermita, sita
cerca del castillo de la Piedra, no lejana a la
villa de Astorga. Allí se entregó a la oración, al
ayuno y la maceración de su cuerpo. Pronto corrió la
voz por aquellos contornos de la santidad de vida de
aquel joven ermitaño y muchos acudían a visitarle, a
pedirle sus oraciones y consejos para su caminar
espiritual. Esta ermita estaba a cargo de un clérigo
que se llamaba Flayno. Al ver las ricas limosnas que
le entregaban todos los buenos visitantes para su
sustento y para que pudiera hacer limosnas a los que
siendo más pobres que Él le visitaban, pronto se
despertó en el corazón del avaro Flayno deseo de
apoderarse de todo aquello y le exigía le entregase
todo lo que le daban. Más aún, le obligó a marcharse
de allí y los buenos cristianos acudían al nuevo
paradero de Valerio y allá iban a parar sus
limosnas. Flayno no dudó de acudir allá y quería
apoderarse también de estas limosnas que ya nada
tenían que ver con su ermita. Llegó incluso a
pegarle y burlarse de Él. |
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Sus
admiradores le adquirieron una ermita en un
pueblecillo llamado Ebronato y allí se sentía
dichoso entregado a la oración y penitencia. Pronto
el amo de aquella heredad, llamado Racimino, empezó
a tenerle envidia de ver lo admirado y querido que
era de todo el mundo y trató de echarlo de su finca
con los mayores improperios. Puso al frente de
aquella iglesia a un tal Justo, diácono, que no
tenía de justo más que el nombre y también trató de
hacer la vida imposible al pacífico ermitaño
Valerio. Lo veían los fieles y trataban de ayudarle,
pero no siempre podían hacerlo. |
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Por fin,
después de más de veinte años de duras pruebas y
persecuciones de todo tipo, recibió la inspiración
del cielo de que se trasladase a la región del
Bierzo, y allí edificase una ermita que sería su
cobijo hasta su muerte. Así lo hizo y en aquel lugar
tan solitario, lejos del mundanal ruido, se entregó
a la más dura penitencia y prolongada oración. El
Señor le bendijo copiosamente
y obraba muchos prodigios por su medio. Hizo el voto
de no perder ni un minuto de tiempo, y así, cuando
terminaba su oración se entregaba a trabajos
manuales o a escribir, ya que también, a pesar de su
escasa formación literaria, nos dejó preciosos
tratados espirituales y varias vidas ejemplares. |
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Por fin
un 25
de febrero, de finales del siglo VII, expiró en el
Señor. Sus reliquias se conservaron en el Altar
Mayor de la iglesia del monasterio de San Pedro de
los Montes, de la orden benedictina, cerca de
Ponferrada. |
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